La libertad del autor frente al intérprete clasificado
Por: Gabriel Velázquez “El Gabo”
Hay caminos que uno elige… y otros que parecen venir preasignados. En el mundo de la música, esa diferencia se vuelve especialmente clara cuando hablamos del autor y del intérprete. No se trata de quién vale más, ni de quién tiene más talento. Se trata de libertad. De una libertad que a veces no se nota, pero se siente.
Lo he visto muchas veces: artistas jóvenes que, al firmar su primer contrato, reciben también un género, una imagen y una lista de canciones ajenas que deben defender como propias. La industria, por décadas, ha operado así. Y aunque eso no invalida el trabajo de los intérpretes —al contrario, muchos lo hacen con pasión y excelencia—, sí marca una diferencia profunda frente a quienes se atreven a escribir desde adentro.
Porque el autor no solo canta. Se expone. Sube al escenario con sus certezas, pero también con sus dudas, sus fracasos, sus contradicciones. Y eso se nota. En la elección de acordes, en los silencios entre versos, en la forma en que el cuerpo acompaña la melodía. No canta como alguien. Canta porque es alguien. Su música no es un personaje: es una extensión.
Claro que hay intérpretes que logran apropiarse de una canción y volverla suya. Pasa, y cuando pasa, es hermoso. Pero aun en esos casos, muchas veces deben hacerlo desde un molde impuesto. Porque para las grandes plataformas, un artista que no encaja en una categoría clara, no es fácil de vender.
Ahí está la diferencia. El autor, con todos sus riesgos, suele tener permiso de transitar por donde quiera. Puede pasar de una trova desgarrada a una cumbia festiva, de un bolero a una canción casi jazzera, sin pedirle permiso a nadie. No siempre tendrá difusión masiva. Pero tendrá, al menos, la certeza de haber sido fiel a su camino.
Y es que, aunque los intérpretes cada vez participan más en decisiones artísticas —algunos incluso producen sus propios discos o eligen sus repertorios con criterio propio—, muchas veces siguen cargando el peso de un mercado que exige claridad: ¿qué eres?, ¿qué cantas?, ¿a qué público vas?, ¿cuál es tu nicho?
El autor, en cambio, puede esquivar esa pregunta. O contestarla con una sonrisa torcida: “Hoy soy esto. Mañana, quién sabe.”
Esto no es un juicio. No todos los autores saben cantar, ni todos los intérpretes tienen que escribir. Hay quienes nacen para interpretar con una emoción que ningún autor podría alcanzar. Y hay autores que prefieren que otros canten sus canciones. Pero lo cierto es que cuando uno se da cuenta de esa diferencia —esa libertad—, empieza a mirar la música con otros ojos.
Porque detrás de cada canción hay una intención. Y aunque la voz sea igual de afinada en ambos casos, lo que uno busca como oyente, muchas veces, es sentir que esa voz sabe de lo que habla. Que no solo interpreta una historia: la ha vivido. O al menos, la ha imaginado con suficiente honestidad.
Escuchar a un autor es, en cierto modo, asomarse a su casa sin que nos corran. Y hay algo profundamente humano en eso.
Tal vez por eso, la canción de autor sigue sobreviviendo. No porque sea mejor. Sino porque es libre.
