La industria musical y la educación emocional de un país
Por: Gabriel Velázquez “El Gabo”
Dicen que la música no educa. Que para eso están los maestros, los libros de texto y los canales “serios” de comunicación. Pero si uno se detiene a mirar con un poco más de atención —y un poco menos de ingenuidad—, se da cuenta de que la música ha sido, durante décadas, una de las formas más poderosas de educación emocional en este país. Aunque no figure en los planes de estudio.
Y ahí es donde entra el verdadero problema: ¿quién ha decidido qué música escuchamos? ¿Quién ha moldeado nuestras primeras nociones del amor, del desamor, del éxito, del fracaso… y de lo que se canta cuando uno está borracho? Pues sí: Televisa, TV Azteca, las grandes disqueras y los genios del marketing que entienden el país como un “mercado objetivo”.
Durante décadas, estas empresas —eficientes, millonarias, rentables— no solo nos dieron telenovelas con galanes sin vello facial y mujeres que se desmayaban por todo, sino también una dieta musical básica que, si fuera comida, estaría compuesta por tres ingredientes: azúcar, conservadores y colorante artificial. Mucho colorante.
Y no es que esté mal bailar. Ni llorar. Ni corear. El problema es cuando eso es lo único que se nos ofrece. Cuando el amor se reduce a una letra de tres acordes con rima fácil y dependencia emocional como estribillo. Cuando la idea del éxito está anclada en el bling-bling, los jets privados y las marcas que se nombran más que a los personajes secundarios.
La música, como cualquier arte, refleja una época. Pero también la construye. Y si por años las canciones más sonadas hablaban de traición, machismo, romanticismo tóxico y fiestas interminables en yates que nadie aquí ha visto, pues no es tan raro que luego confundamos intensidad con violencia, celos con amor y consumo con identidad.
Ahora, ¿es culpa de la industria? Sí. Y no. Las empresas hacen lo que saben hacer: vender. Y si hay millones de personas que compran la misma canción repetida con distinto autotune, pues claro que la van a seguir produciendo. Pero ahí es donde aparece la verdadera pregunta: ¿en qué momento dejamos que eso definiera lo que sentimos?
La música que suena en la radio, en los centros comerciales, en el camión, en las novelas, en los realities… se vuelve un soundtrack impuesto. Uno que no siempre elegimos, pero que está ahí desde que tenemos uso de razón. Y así, sin darnos cuenta, terminamos aprendiendo a querer como en las canciones, a sufrir como en los videos y a vivir como en los comerciales.
Mientras tanto, hay autores que escriben desde otro lugar. Que no tienen una disquera millonaria ni un spot en horario estelar, pero que están diciendo cosas necesarias. A veces incómodas. A veces hermosas. Pero reales. Y ahí está el dilema: lo real suele costar más trabajo. No entra fácil. No se baila en TikTok.
Pero tampoco se olvida.
Y por eso hay que abrir el panorama. Cuestionar. Reeducarnos. Entender que la música también forma parte de lo que somos como país, como comunidad, como personas. Que así como algunos programas de televisión nos enseñaron que el rico siempre humilla al pobre, también hubo canciones que nos enseñaron a esperar al amor “que lo da todo”… aunque no llegue nunca.
Tal vez ya es hora de cambiarle la estación a todo eso.
Y tú… cuál es la canción que más te ha educado sin que te dieras cuenta?
