DIEZ, Carreira y el arte-objeto
Por: Fermín Romero de Torres
En la era del streaming donde los álbumes parecen pasar fugaces como estaciones del Metro, Carlos Carreira nos obliga a detenernos. Con DIEZ, el cantautor no sólo celebra un buen tiempo de presencia y precisión musical, sino que reclama algo ya olvidado: el álbum como ritual. Y es que ya tiene rato que cada vez que Carreira publica un disco no se equivoca. Elige las canciones con tacto de cirujano y al momento de meterse al estudio se rodea de la gente adecuada para convertir cada proyecto en una tierra prometida en miniatura.
Recientemente se ha publicado en todas las plataformas digitales DIEZ, su más reciente álbum de estudio con canciones inéditas, al escucharlo detenidamente resulta imposible no sentirnos cómodos y conmovidos, como quien viaja en primera clase a unas largas y merecidas vacaciones.
Retomamos esa nostalgia peculiar de escuchar detenidamente una canción y dejarnos emocionar por un autor que conoce y reconoce como pocos la capacidad de nuestros corazones por sentirse aliviados con un verso y con una nota. Carreira actúa aquí más como minero de emociones que como cantautor: extrae verdades a pico y guitarra y las convierte en joyas auditivas.
Carreira escribe desde la frontalidad, sin artificios. Pero es Juanjo Gómez, con sus guitarras acústicas, quien envuelve esos versos en un manto de calidez orgánica y emocional. Juntos logran lo que pocos discos hoy: que
cada canción se sostenga solo con voz y guitarra, algo así como un Cat Stevens o un Silvio Rodríguez en la era del algoritmo.
Alex Ponce a los controles se encargó de llevar a buen puerto cada track. Una mezcla llena de vida en la que todos los elementos se perciben impecablemente en su lugar a lo Mari Kondo. Y qué decir del merecidísimo lugar que dio Carreira a la imagen: entre la fotografía de Chucho Tragaluz y el diseño de Abdiel Enar pusieron en un merecidísimo pedestal lo que entra por los ojos y pega directo en el corazón, así como la audaz apuesta y decisión de lanzar primero el disco físico —un acto de fe en el arte-objeto que nos devuelve la emoción táctil de poseer la música, no solo de reproducirla.
DIEZ no es solo un disco: es una auténtica defensa de la canción como refugio. Una muestra de que, en tiempos de ruido, vale la pena bajar el volumen y dejar que la música nos lleve de la mano. Una respuesta a la pregunta que todavía no nos hacemos. Una caricia.
Descárguenlo, reprodúzcanlo en su plataforma digital favorita, cómprenlo en formato físico… como gusten, como les parezca mejor; pero ante todo, escúchenlo.
