El arte inútil (y por eso imprescindible)
Por: Gabriel Velázquez “El Gabo”
Hace unos días, Miguel Inzunza escribió en su cuenta de X un texto que, como muchas de sus canciones, me dejó pensando:
“En el mercado de la música, se premia al que se adapta, se castiga al que se resista, con aislamiento. Adaptarse significa buscar contenidos fáciles de consumir. Los contenidos complejos serán castigados con la invisibilidad (no funciona). Para que entonces el artista se sienta inexistente, inútil. Como si el arte estuviera obligado a la ‘utilidad’. Y qué inadaptado resulta ver a un músico que persiga ‘el Arte’. Es como: —uff, relájate, amigo, es solo música.

Quien cuestione esta maquinaria será tildado de ‘negativo’.”
El texto es duro, sí, pero también honesto. Y lo que señala Miguel no es exclusivo de la música: atraviesa todas las artes. En un mundo que mide todo en métricas, likes, vistas y reproducciones, lo que no encaja en el molde de lo “fácil de consumir” corre el riesgo de ser borrado por el algoritmo. No porque no tenga valor, sino porque no se ajusta a la lógica de mercado.
Y ahí es donde está el problema. El arte no nació para ser “útil”. El arte no es una cuchara, ni un refrigerador, ni una aplicación que resuelve problemas prácticos. El arte nació para incomodar, emocionar, transformar, abrir preguntas, a veces incluso para doler. Y claro, también para acompañar. Pero nunca bajo la obligación de ser rentable, fácil, inmediato.
Lo que dice Miguel incomoda porque pone el dedo en la herida: muchos artistas terminan adaptándose para sobrevivir. Canciones más cortas, letras más simples, sonidos más genéricos. La maquinaria premia lo que se repite y castiga lo que se sale del guion. Y quienes insisten en crear desde la complejidad —esa que necesita tiempo, escucha, pausa— se arriesgan a la invisibilidad.
¿De verdad queremos un mundo donde la música, la poesía o la pintura solo existan si generan clics? ¿De verdad vamos a seguir viendo el arte como un producto de consumo inmediato, igual que un refresco o una hamburguesa?
Yo, como Miguel, creo que no. O al menos, creo que todavía hay espacio para defender lo otro: la canción que pide tiempo, el poema que no se entiende a la primera, el disco que exige escucharse entero.
Porque sí, a veces el arte puede parecer “inútil”. Y, sin embargo, ¿qué sería de nosotros sin esa inutilidad? ¿Quién no se ha sentido acompañado por una canción en medio de la soledad? ¿Quién no se ha reconocido en un verso? ¿Quién no ha encontrado consuelo en una película, en una pintura, en un acorde?
Tal vez el problema está en la palabra. Si inútil significa “que no sirve para vender”, entonces bendita inutilidad. Porque lo que realmente sirve —para vivir, para sentir, para ser— muchas veces no se mide en ventas ni en reproducciones.
Al final, el arte no tiene que adaptarse al mercado. El mercado algún día tendrá que adaptarse al arte.
