El último trago en el “Oh alá”
Por: Gabriel Velázquez “El Gabo”
Recuerdo haber llegado a un pequeño lugar sobre Avenida Universidad, muy cerca de Miguel Ángel de Quevedo. No era un sitio que llamara la atención desde afuera. Más bien había que saber a qué ibas. Subías unas escaleras cortas y de pronto entrabas a un espacio oscuro —no sé si por la hora, por el concierto o porque así era siempre— con banquitos, mesitas pequeñas y ese ambiente donde todo parecía ocurrir muy cerca.
Esa noche pedí un par de cervezas. Era un concierto de Edgar Oceransky. Llegué con Abel Velásquez “El Mago”, y en algún momento Edgar lo invitó a subir al escenario. Cantaron. La gente escuchó. Y sin que nadie lo supiera en ese momento, esa escena se quedó guardada en algún lugar de la memoria. Así era ese “Oh alá”: pequeño, cercano, suficiente.
Años después, el “Oh alá” apareció en otro punto de la ciudad, en la calle de Hidalgo, casi en el corazón de Coyoacán. El espacio era distinto. Más abierto, más visible. La puerta daba directo a la calle. Había mesas de todo tipo: unas normales, otras altas. El escenario en una esquina, bien iluminado. Buen sonido. Otra energía.
Y sin embargo, había algo que se mantenía.
El buen Charlie, siempre atento a lo que hiciera falta. Las empanadas de Javi, que ya eran parte del ritual. El tequila, siempre frío. Y Lore, no solo presente, sino siendo parte viva del lugar: conversando, haciendo que cada noche se sintiera cercana, como si el foro también fuera una casa compartida. Y alrededor de todo eso, la gente. Los de siempre. Los que iban llegando. Los que descubrían el lugar por primera vez sin saber que volverían muchas más.
Por ahí pasaron muchos artistas, muchas noches, muchos conciertos. Demasiados como para enumerarlos. Pero suficientes como para entender que ese lugar también se convirtió en punto de encuentro. No solo para escuchar música, sino para coincidir.
Hoy, ese mismo espacio anuncia una pausa. Cierra. Se mueve. Busca otro lugar.
Y entonces la pregunta aparece sola.
¿Qué está pasando?
Porque no es solo un foro. No es solo un cambio de dirección. No es únicamente una historia más de renta, permisos o decisiones administrativas. Es, probablemente, un síntoma de algo más grande.
Los espacios están cambiando.
Algunos desaparecen. Otros se transforman. Otros buscan sobrevivir en nuevas condiciones. Y en medio de todo eso, el público también cambió. Ya no es el mismo de hace 15 o 20 años. La vida se llenó de otras prioridades. De menos tiempo. De otras formas de consumir música. De otras maneras de estar.
Pero hay algo que no siempre cambia al mismo ritmo.
Los artistas siguen buscando foros. Siguen anunciando conciertos. Siguen esperando llenar como antes. Siguen apostando por dinámicas que funcionaron en otro momento.
Y no está mal.
Pero quizá el problema no es que falte público. Quizá el problema es que el público ya no es el mismo.
Antes, el foro era el punto de encuentro. Hoy, ese encuentro no siempre es físico. A veces ocurre en una pantalla. A veces en fragmentos. A veces ni siquiera ocurre.
Y entonces todo se desacomoda.
Los espacios se mueven. Los proyectos se adaptan como pueden. Y la escena, poco a poco, se reconfigura.
Por eso me gusta pensar en el “Oh alá” como algo más que un lugar. Porque ya no está donde estaba. Tampoco donde estuvo. Y, sin embargo, sigue existiendo. Está en tránsito.
Como muchas cosas.
Como muchos de nosotros.
Quizá por eso también vale la pena detenerse un segundo y agradecerle a esos espacios que, durante años, hicieron posible todo lo demás. A los foros que abrieron puertas cuando nadie más las abría. A los que sostuvieron escenas completas con mesas, luces y buena voluntad. A los que no solo programaban conciertos, sino que creaban comunidad.
“Oh alá” ha sido eso.
Un lugar donde pasaron canciones, sí. Pero también historias, encuentros, amistades, momentos que hoy siguen vivos en la memoria de quienes estuvimos ahí. Un espacio que, sin hacer demasiado ruido, logró volverse importante para muchos.
Tal vez no está desapareciendo. Tal vez está cambiando, como todo.
Ya veremos dónde aparece después.
La pregunta es si nosotros también vamos a estar ahí.
