Alejandro Santiago y una noche para devolver lo que sus canciones nos dieron
Llevo días queriendo escribir sobre esa noche y no encuentro por dónde empezar sin que se me quiebre algo en el intento. Supongo que así son las canciones de Alejandro Santiago: uno cree que las va a contar con distancia, como quien reseña un concierto más, y a mitad del primer párrafo se da cuenta de que en realidad está hablando de sí mismo, de alguna madrugada propia en la que esa música le dijo lo que no sabía cómo decirse. El 31 de julio, esa deuda silenciosa que tantos cargamos con su obra encontró, por fin, un lugar dónde pagarse: el escenario de Los De Arriba, en Nápoles, Ciudad de México.
Santiago no pudo estar ahí. La salud, esa frontera que no negocia con nadie, se lo impidió. Pero ausencia no es lo mismo que vacío, y esa noche el escenario se llenó de todo lo contrario: de amigos que decidieron prestarle la voz a quien tantas veces les prestó la suya. Así lo relató, desde adentro, Rodrigo González de Cancionistas, cronista y también parte de la organización de esa noche.
Sergio Félix y Gerardo Peña (cómplices suyos también en el proyecto 3TT) fueron quienes encendieron el escenario, acompañados por dos invitados que llegaron a sumar más que talento: Miguel Inzunza y Ana Díaz Aceves. Entre los cuatro tejieron un repertorio que recorrió la obra de Santiago con un cuidado que no se aprende, se siente: cada acorde llevaba algo de gratitud, cada frase cantada parecía escrita también para quien la interpretaba.
Cuando sonó Por Si No Te Vuelvo a Ver, el público dejó de ser público. Se volvió memoria colectiva. Bastaron los primeros versos para que cada quien regresara, aunque fuera un instante, al día exacto en que escuchó esa canción por primera vez: quién se la compartió, qué se estaba viviendo, qué se estaba perdiendo. La música de Alejandro Santiago tiene ese don extraño de ser profundamente personal y, al mismo tiempo, pertenecer a todos los que alguna vez la necesitaron.
Y como debe suceder en las noches que valen la pena, hubo espacio para lo inesperado. Frank Delgado y Marwán subieron al escenario a sumar su voz a la causa, y Hernesto Rodríguez abrió la velada con una versión propia de De mi pasado que dejó claro, desde el primer acorde, hacia dónde iba a ir esa noche: hacia el agradecimiento.
Detrás de todo esto (de la convocatoria, de la difusión, del gesto colectivo de reunir a tantos artistas por una misma causa) estuvieron Rodrigo González de Cancionistas, Abdiel Enar de Creativos Inquietos y Zona Acústica, sosteniendo desde la organización y difusión lo que en el escenario se veía tan natural: una comunidad que no necesitó que se lo pidieran para aparecer.
Hay una frase del trovador cubano Lázaro García que resume, quizás mejor que cualquier crónica, lo que ocurrió esa noche: las canciones no salvan al mundo, pero pueden ayudar. Ayudar es, precisamente, lo que hicieron todos los que subieron a ese escenario. No hubo grandes discursos ni necesidad de ellos: bastó con cantar, con tocar, con recordarle a Alejandro Santiago (y recordarnos a todos) que la música que se comparte también regresa, sobre todo cuando más se necesita.
Nueve días después del concierto, lo que queda no es solo el registro de una buena noche musical. Queda la certeza de que cuando un artista da tanto de sí mismo durante tantos años, el círculo eventualmente se cierra: alguien, en algún momento, va a estar ahí para devolverle, aunque sea una fracción, de todo lo que entregó.
Esa noche en Los De Arriba, con guitarras compartidas y voces prestadas, la música volvió a hacer lo único que verdaderamente sabe hacer: sostenernos.
Con información de la crónica original de Rodrigo González (Cancionistas), organizador del evento junto a Abdiel Enar y Zona Acústica. Fotografías: Mario Mora.



























































